Sedantes. Los gusanos.

Almacenes de seda, mucha seda por doquier, en el techo, en el suelo, en las paredes, en la cocina, ¡oh si!, el almacén tiene su propia cocina, las servilletas son de seda, los manteles son de seda.

Seda por aquí, seda por allá.

Tenemos tanta seda que podríamos llevar metros por todo el océano y ese rollo de seda nos duraría un ratote, mucho, mucho, mucho.

Es muy bonita la seda; tiene sus estampados de estambre, con flores blancas y rosarios necios, de esos que no son religiosos pero tampoco decorativos. No queremos parecer extravagantes, pero quizá lo seamos.

Somos un poco de gusto cargado, potente, sabroso. Quizá no lo entiendan pero tenemos que seguir escribiendo. La seda debe de estar presente en todos los manuscritos posibles.

Cuando los sapos cantan la seda se arruga, se arruga de manera moderna, de manera elegante, de manera casual.

Nunca se había visto cosa así.

En las montañas de brócoli se encuentran varios gusanos, de esos sedositos, muy suaves y peludos, que caminan al ritmo del Jazz. Son tan contentos que tejen la mejor seda del universo; su forma de tejer es tan juvenil que contagia a todos y cada uno de los gusanos.

No les gusta no hacer las cosas de corazón, de buena gana, así que se dedican y aman lo que hacen.

Esa seda es lo más preciado en todo el mundo y muy pocos logran conseguirla.

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